Depurar la poesía de la poesía misma: poesía, política y muerte en Estrella distante de Roberto Bolaño

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Ángeles Donoso
Washington University in Saint Louis

Esta es mi última transmisión desde el planeta de los monstruos.
No me sumergiré nunca más en el mar de mierda de la literatura.
En adelante escribiré mis poemas con humildad y trabajaré para
no morirme de hambre y no intentaré publicar.
(Belano en Estrella distante)

Los que tienen el poder (aunque sea por poco tiempo) no saben nada
de literatura, sólo les interesa el poder. Y yo puedo ser el payaso de mis lectores, si me da la real gana, pero nunca de los poderosos. Suena un poco melodramático. Suena a declaración de puta honrada. Pero, en fin, así es.
(Roberto Bolaño, Entre paréntesis).

El siglo ha sido portador de una concepción combativa de la existencia,
lo cual quiere decir que la totalidad misma, en cada uno de sus
fragmentos reales, debe presentarse como conflicto. Cualquiera sea su escala,
planetaria o privada, toda situación real es escisión, enfrentamiento, guerra.
(Alain Badiou, El siglo).

En 1918, Casímir Malévich pintó el controvertido Cuadrado blanco sobre fondo blanco. Según Alain Badiou, esta obra es “el origen de un protocolo de pensamiento sustractivo que difiere del protocolo de la destrucción” (El siglo 79), por lo que sería errado interpretarla como el símbolo de la ‘destrucción’ de la pintura. Para el filósofo francés, la singularidad de la obra de Malévich radicaría en que “en vez de tratar lo real como identidad, se lo trata desde el principio como distancia” (79). Así, el Cuadrado blanco sobre fondo blanco evidencia en su blancura indefinida la distancia misma de lo real, la imposibilidad de aspirar a su depuración[1]. Este gesto es diferente al acto de la destrucción, el cual intenta captar la identidad de lo real por medio de su desenmascaramiento: la destrucción se apasiona por lo auténtico, intenta tener certeza de lo real y anular su sospecha[2]. Por este motivo, la destrucción o “la lógica de la depuración” como la denomina Badiou, tiende a la nada o a la muerte, que se presenta como el “único nombre posible de la libertad pura” (77). Así Badiou se explica por qué en un siglo “arrebatado por la pasión de lo real”, haya sido la lógica de la depuración el protocolo dominante: la destrucción aparece entonces, como el signo del siglo XX en la política, en el arte, en todo ámbito[3].

Para Badiou, el arte sirve como un “hilo conductor” al pensar el par sustracción/destrucción: “el siglo se vive como negatividad artística, en cuanto uno de sus motivos, anticipado en el siglo XIX por numerosos ensayos…es el fin del arte, el fin de la representación, del cuadro y, a la larga, de la obra. Detrás de ese motivo del fin la cuestión pasa una vez más, desde luego, por saber qué relación mantiene el arte con lo real o cuál es el real del arte” (78). La autoconciencia de esta relación entre el arte y lo real aparece, evidentemente, en los manifiestos de vanguardia de comienzos de siglo. Por ejemplo, Malévich reflexionará en el “Manifiesto del suprematismo” (1915) sobre la nueva voluntad sustractiva y sobre la falsedad de la representación al explicar su obra en los siguientes términos: “Lo que yo expuse no era un ‘cuadro vacío’, sino la percepción de la inobjetividad. Reconocí que la ‘cosa’ y la ‘representación’ habían sido tomadas por la imagen misma de la sensibilidad y comprendí la falsedad del mundo de la voluntad y de la representación” (318)[4]. Esta “falsedad del mundo de la voluntad y de la representación” vuelve a ser puesta en escena, casi al llegar al final del siglo, por el escritor Roberto Bolaño en su novela Estrella distante (1996).

Pienso que la filosofía de Badiou y la ficción de Bolaño aparecen como dos modos particulares y específicos de pensar y reflexionar sobre la cuestión de la destrucción y la creación en el arte. Así, si la filosofía piensa el arte, el arte a su vez se piensa: la pintura, el manifiesto y la ficción son un ejemplo de ello. En Estrella distante, la “falsa identificación” del arte con lo real aparece encarnada en uno de sus protagonistas, Carlos Wieder, quien representa en la novela las ideas del arte como praxis, del arte puro y del arte de vanguardia. De este modo, Bolaño elabora una ficción que se presenta como una reflexión estética y política sobre la “lógica de la depuración del arte”, esto es, sobre la relación entre el arte y la destrucción[5]. De este modo, tomando como punto de partida la novela de Bolaño, mi intención es reflexionar sobre aquella distancia existente entre el arte y las distintas esferas de la cultura, ya que pienso que es en esa distancia en donde el arte aparece de modo específico[6].

Estrella distante cuenta la historia de Carlos Wieder, un piloto de la Fuerza Aérea Chilena, que durante el régimen de la Unidad Popular se hace pasar por poeta y asiste con otro nombre (Alberto Ruiz-Tagle) a diversos talleres de poesía en la ciudad de Concepción. En reiteradas ocasiones, Ruiz-Tagle presume que él será el fundador de la “nueva poesía chilena”. Una vez que se produce el Golpe, Ruiz-Tagle desaparece y con él muchas de las poetas que asistían a estos talleres. Belano y su amigo Bibiano sospechan que sucede algo extraño y comienzan a seguirle la pista a Wieder, un excéntrico piloto que adquiere cierta fama por hacer poesía aérea. Bibiano y Belano se dan cuenta de que Wieder es Ruiz-Tagle y de que es el responsable de la desaparición y muerte de sus compañeras poetas. Luego de reiteradas apariciones bastante exitosas, Wieder realiza su acción poética más importante. Sin embargo, esta acción poética (la cual analizaré con más detalle) es muy mal recibida, por lo cual es expulsado de las Fuerzas Aéreas, abandona el país y se va a Europa. Belano es contratado por un detective privado (Romero) para que lo ayude a encontrar a Wieder. El narrador debe dar con el paradero de Wieder mediante la lectura de diversas revistas de literatura de corte nazi y fascista. Después de varios días de intensa lectura, Belano encuentra un texto y un poema firmados por Jules Defoe, en los que reconoce el “humor terminal” y la “seriedad” de Carlos Wieder (143). Gracias a la ayuda de Belano, el detective Romero encuentra a Wieder y así cumple con su misión.

Veamos entonces cómo construye Bolaño la lógica de la depuración (de la destrucción) en la ficción de la novela, y cuáles son las implicancias estéticas y políticas de esta representación. Ruiz-Tagle le comenta a sus amigas poetas que él revolucionará la poesía chilena (24), y que esta “nueva poesía” no es la que él va a escribir, sino “la que él va a hacer” (25; énfasis en el original). Para Wieder la poesía debe ser una nueva acción, y para que esto sea posible, resulta necesario destruir la poesía precedente, comenzar desde cero. Para llevar a cabo su revolución poética, Wieder identifica la poesía con sus poetas: así, destruir y superar la poesía precedente (esto es, la poesía escrita durante la Unidad Popular) implica, en el plan de Wieder, asesinar a sus poetas. Wieder, poeta “vanguardista” según la opinión del régimen imperante, opera del mismo modo destructivo en el que operó la dictadura militar chilena. Por este motivo, pienso que es fundamental realizar una distinción y clarificación de lo que se entenderá por vanguardia en este contexto específico. En un debate crítico-teórico sobre el rol de las neovanguardias en el período de la dictadura militar, Nelly Richard responde a Willy Thayer estableciendo una clara diferencia entre lo que debe ser apreciado como el carácter vanguardista y deconstructivo del arte y el carácter destructivo y arrasador del Golpe:

Hay una confusión allí [en el modo en el que de Thayer entiende la vanguardia] entre lo destructivo y lo deconstructivo. Nada del imaginario deconstructivo que propusieron las acciones de arte de los 80 está contemplado en el programa destructivo de la dictadura: ni la intención de des-naturalizar los signos de la cotidianeidad represiva para que el espíritu autocrítico de la sospecha se contagiara al resto del marco comunicativo del poder y lo socavara intersticialmente; ni el deseo de abrir juegos de libertades en torno a los signos fracturados, para que una pequeña utopía emancipadora ayudara a la subjetividad del espectador a zafarse de la monótona condena a lo reglamentario. (“Lo político y lo crítico en el arte” 40; énfasis en el original)

En el acto de Wieder, Bolaño ficcionaliza dos gestos: en primer lugar, el gesto de una vanguardia “destructiva”—en oposición a una vanguardia “deconstructiva”, y sigo aquí la distinción planteada por Nelly Richard—cuya condición de existencia es la eliminación (léase muerte) de toda forma anterior (forma materializada en poetas específicos); en segundo lugar, el gesto mismo de la dictadura, en su intento de borrar toda la tradición política y sus diversas manifestaciones de resistencia por medio de la tortura y el asesinato.

La falsa identificación efectuada por Wieder entre poesía y poetas en la novela, identificación a la vez absurda y macabra, es descrita por Badiou como una “pasión de lo real identitaria”, por cuanto intentaría “captar la identidad real, desenmascarar sus copias, desacreditar los falsos semblantes. Es una pasión por lo auténtico…[que] sólo puede cumplirse como destrucción. Y ésa es su fuerza, porque después de todo, muchas cosas merecen ser destruidas. Pero también es su límite, porque la depuración es un proceso interminable, una figura del mal infinito [mauvais infini]” (El siglo 79). El 11 de septiembre de 1973, Chile comienza un proceso de depuración, en el cual el espacio de lo político es destruido, borrado: la depuración efectuada por el Golpe se convierte, para utilizar la elocuente imagen de Badiou, en una “figura del mal infinito”[7]. En Estrella distante, entonces, Bolaño plantea una crítica al régimen dictatorial mediante el aparato específico de la ficción, a través del relato de la biografía artística de Carlos Wieder, por cuanto sus acciones poéticas funcionan en el espacio de la novela del mismo modo en el que la dictadura funcionó en el espacio social. En la descripción de las acciones poéticas de Wieder, Bolaño cuestiona el carácter vanguardista del Golpe y denuncia la estetización de la política y de la muerte llevada a cabo por éste.

La primera acción poética de Wieder ocurre poco tiempo después del Golpe, en la ciudad de Concepción. Wieder elige escribir en el aire el comienzo del “Génesis” en latín: “IN PRINCIPIO…CREAVIT DEUS…COELUM ET TERRAM” (36). Wieder dibuja en el aire precisamente la condición de existencia de su revolución: como el universo descrito en el “Génesis”, la nueva poesía debe surgir de la nada, ex nihilo. Wieder quiere inaugurar un “nuevo orden”, uno en el que el hacer y el ser de la poesía se definan, desde la oficialidad de la dictadura militar, de un modo completamente vanguardista. El piloto Carlos Wieder surge en medio de los aires como el “dios” de la nueva poesía chilena y sus primeros versos aéreos aparecen ante los lectores como el “génesis” de esta creación ex nihilo. Con respecto de la apropiación hecha por el Golpe del discurso sobre “lo Nuevo”, Nelly Richard clarifica que si bien “el acontecimiento violento de lo Nuevo caracterizó tanto al Golpe Militar que revolucionó la historia social como a la emergencia de la Avanzada que revolucionó el campo de las artes visuales en Chile…en el primer caso, el del Golpe Militar, lo Nuevo hace desaparecer todo un pasado nacional mientras que, en el segundo caso…se produce en el interior de una tradición cultural” (“Lo político y lo crítico en el arte” 38; énfasis en el original). Así, tanto en el caso del Golpe como en las acciones poéticas de Wieder, lo nuevo aparece como una consecuencia de la destrucción: para que lo Nuevo surja, es necesario hacer desaparecer, como plantea Richard, “todo un pasado nacional”. Sin embargo, en Estrella distante, este “pasado nacional” eliminado y borrado vuelve a aparecer solapadamente cuando, según cuenta Belano, Wieder alude en sus poemas a las poetas muertas: “En uno de sus versos hablaba veladamente de las hermanas Garmendia. Las llamaba ‘las gemelas’ y hablaba de un huracán y de unos labios…quien lo leyera cabalmente ya podía darlas por muertas. En otro hablaba…de una tal Carmen…probablemente, era la poeta Carmen Villagrán quien desapareció en los primeros días de diciembre” (42)[8].

Como el “Manifiesto del suprematismo” o el Cuadrado blanco sobre fondo blanco de Malévich, la acción poética que Wieder realiza posteriormente en Santiago podría ser apreciada como una puesta en escena, por parte de Bolaño, del arte pensándose y definiéndose. Alenka Zupančič plantea que un manifiesto “belongs to the (new) process of artistic practice. It is an artistic act…Perhaps the most concise formula for their relationship would stipulate that the manifesto is the “speech of art”. Manifestos constitute and introduce a singular point of enunciation. In them, art speaks in the first person” (10; énfasis en el original). Wieder pretende que su acción poética, la primera en la capital y la última de su carrera como poeta aéreo (aunque esto él parece ni siquiera sospecharlo), aparezca al mismo tiempo como un “manifiesto” y como un “acto” poético, por cuanto el piloto apuesta a que su recepción genere una reflexión y provoque una acción, que sea a la vez teoría y praxis. Es en esta acción poética en donde Bolaño conecta el proceso de “depuración” llevado a cabo por Wieder en el campo poético o artístico con las muertes y desapariciones llevadas a cabo por la dictadura militar en el campo de lo social[9]. Bolaño ilustra de este modo una sutura perversa entre poesía y política: en los versos de Wieder, la muerte es presentada como el nuevo arte de vanguardia del nuevo régimen[10]. El acto de Wieder consta de dos partes. En la primera, el piloto escribe en el cielo una serie de versos: “La muerte es amistad / La muerte es Chile / La muerte es responsabilidad / La muerte es amor / La muerte es crecimiento / La muerte es comunión / La muerte es limpieza / La muerte es mi corazón / Toma mi corazón / Carlos Wieder / La muerte es resurrección” (89-91). Luego de que Wieder escribe el último verso, Belano comenta: “los fieles que permanecían abajo no entendieron nada pero entendieron que Wieder estaba escribiendo algo, comprendieron o creyeron comprender la voluntad del piloto y supieron que aunque no entendieran nada estaban asistiendo a un acto único, a un evento importante para el arte del futuro” (91-92; énfasis en el original). Bolaño destaca en el discurso del narrador ese algo que la audiencia “cree entender”, un algo que puede ser perfectamente apreciado como un casi nada: Bolaño cuestiona de este modo la eficacia del acto de Wieder, la incomprensión de sus hazañas por parte del público, el fracaso parcial de la recepción de la nueva poesía.

Al considerar lo que Bolaño ilustra en este momento de la narración desde otro ángulo, pienso que es casi imposible leer los versos de Wieder sobre la muerte sin pensar en los versos que Raúl Zurita, poeta miembro del CADA[11], dibujó en los cielos de Nueva York en el año 1982: “MI DIOS ES HAMBRE/ MI DIOS ES NIEVE/ MI DIOS ES NO/ MI DIOS ES DESENGAÑO/ MI DIOS ES CARROÑA/ MI DIOS ES PARAÍSO/ MI DIOS ES PAMPA/ MI DIOS ES CHICANO/ MI DIOS ES CÁNCER/ MI DIOS ES VACÍO/ MI DIOS ES HERIDA/ MI DIOS ES GHETTO/ MI DIOS ES DOLOR/ MI DIOS ES/ MI AMOR ES DIOS” (Anteparaíso 9). Sin embargo, y a pesar de cierta similitud formal, los versos de Wieder de la ficción de Bolaño y los versos de Zurita funcionan de un modo diametralmente opuesto. En Estrella distante, Wieder se repliega a la retórica y a la ideología del régimen dictatorial mediante la estetización de la muerte y la glorificación de los signos patrios (además de los versos ya citados, Wieder escribe sobre los cielos de la base Arturo Prat “LA ANTÁRTIDA ES CHILE” y otros versos sobre la Patria [55]). En los versos de Zurita es posible observar, por el contrario, que el poeta pervierte la retórica del patriotismo, y le da “voz a lo reprimido desde el interior mismo del lenguaje represor operando para ello la reversión del sistema de signos que lo basa” (Richard, Márgenes e Institución 127). Esto explicaría la aparente similitud entre unos versos y otros. Entonces, si Wieder personifica en Estrella distante la acción de una vanguardia destructiva, esto es, el gesto destructivo y asesino de la dictadura militar, Zurita y su poesía, por el contrario, son un ejemplo del modo en el que operó la vanguardia deconstructiva durante el período de la dictadura militar.

En la segunda parte de su acción poética, Wieder monta una exposición fotográfica que se presenta como el corolario o el complemento de la acción aérea. Esta segunda exhibición es presentada a un grupo selecto de la oficialidad chilena y es descrita por el mismo Wieder como “poesía visual, experimental, quintaesenciada, arte puro, algo que iba a divertirlos a todos” (87; énfasis mío). La exhibición montada por Wieder consta de una serie de fotografías de cuerpos mutilados, en su mayoría de mujeres, las cuales son descritas como “maniquíes, en algunos casos maniquíes desmembrados, destrozados, aunque Muñoz Cano no descarta que en un treinta por ciento de los casos estuvieran vivas en el momento de hacerles la instantánea…la impresión que provocan en quienes las contemplan es vivísima” (97). La acción poética de Wieder es recibida con espasmo: unos lo catalogan de insensato, otros vomitan, algunos lloran: todos se sienten incómodos, no se reconocen, se sienten idiotas, según cuenta Muñoz Cano (98). Este es el fin de la prometedora carrera del poeta y piloto Carlos Wieder.

El último acto poético de Wieder puede ser leído como el acto de un pervertido, en el sentido en el que Lacan se refiere a la perversión, es decir, no como pura transgresión, sino que más bien como una manera de someterse e inscribirse en el designio del Otro, cumpliendo su voluntad por medio de su mortificación y espanto. Así, como explica Joan Copjec, la particularidad del acto del pervertido residiría, en que “If the pervert looks for legal authorities to bear witness to obscene acts and thus to reveal their complicity in the very scenes that would seduce them from their virtue, to confess their jouissance, this is not to mortify the law simply, but through this mortification to purify the law of the arbitrary and the contingent, to purge it of flesh” (Imagine There’s No Woman 229). Las acciones poéticas de Wieder se articulan como una emulación del régimen militar, el cual lo autoriza a actuar públicamente como el poeta de vanguardia de la dictadura[12]. Su poesía se presenta como una perversión precisamente porque a través de su consecución Wieder intenta purgar, purificar y transformar en arte las torturas y los asesinatos cometidos durante la dictadura. La paradoja es que la oficialidad no logra reconocerse en el exceso producido por el arte de Wieder, uno de sus más fieles ejecutores (no debemos olvidar que como piloto de la Fuerzas Armadas, Wieder hace desaparecer, tortura y asesina a las poetas que conoce bajo el nombre de Ruiz-Tagle)[13]. La última acción poética de Wieder no hace más que revelar la condición de existencia del régimen que finalmente lo incrimina y lo invalida. Así se nos revela como lectores otro de los modos que encuentra Bolaño para cuestionar el ímpetu artístico y creativo de su personaje: la poesía de Wieder, parece decirnos Bolaño, no es creación, sino “mimesis” del Otro (Copjec 171)[14].

Belano vuelve sobre la pista de Wieder en España, cuando se encuentra con un texto firmado por un tal Jules Defoe, en el cual su autor

propugnaba, en un estilo entrecortado y feroz, una literatura escrita por gente ajena a la literatura (de igual forma que la política, tal como estaba ocurriendo y el autor se felicitaba por ello, debía hacerla gente ajena a la política). La revolución pendiente de la literatura, venía a decir Defoe, será de alguna manera su abolición. Cuando la poesía la hagan los no-poetas y la lean los no-lectores. (143)

Para Wieder, en definitiva, la no-poesía aludida en su último texto conocido aparecería como la única manera de alcanzar lo real o de “desenmascarar lo real” (Badiou), proyecto que sabemos irrealizable e imposible. En Estrella distante, Bolaño no sólo describe el desquiciado proyecto de Wieder como uno que intenta erigir una nueva poesía de vanguardia a partir de la muerte y la destrucción, sino que al mismo tiempo revela en este gesto el horror de los crímenes perpetuados por el régimen militar. En las acciones poéticas de Wieder se exhiben cuerpos mutilados como si fueran poesía visual y se dibujan versos en el aire que subliman las muertes ilegales perpetuadas por el Golpe. La revolución poética de Wieder no consiste en escribir, sino en hacer poesía y trasformarla en un arte puro: en sus versos y en sus fotografías el piloto apuesta por una nueva poesía depurada de la poesía misma. Sin embargo, nos sugiere Bolaño en su ficción, este es el gesto de una vanguardia destructiva, una que en su afán purificador y depurador hace desaparecer, elimina y asesina. En Estrella distante el gesto de la vanguardia destructiva del Golpe es ficcionalizado en el plano del arte y la poesía, por lo que la revolución de Wieder se materializa en la paulatina destrucción de la poesía. Esta sería, finalmente, la revolución pendiente de Carlos Wieder: la abolición misma de la literatura, su destrucción total.

Notas

[1] Para entender mejor la cuestión de la diferencia entre sustracción y destrucción en el planteamiento de Badiou, distinción fundamental para entender dos lógicas opuestas en el campo del arte, incluyo la cita en extenso:

el Cuadrado blanco sobre fondo blanco es el colmo de la depuración. Se elimina el color, se elimina la forma y sólo se mantiene una alusión geométrica, que sostiene una diferencia mínima, la diferencia abstracta del fondo y la forma y sobre todo la diferencia nula entre el blanco y la blancura, la diferencia de lo Mismo, que podemos llamar diferencia evanescente.…Es un gesto muy próximo al de Mallarmé en poesía: la puesta en escena de la diferencia mínima, pero absoluta, la diferencia entre el lugar y lo que tiene lugar en él, la diferencia entre lugar y tener lugar. Presa en la blancura, esa diferencia se constituye en la borradura de todo contenido, todo surgimiento.

¿Por qué es algo distinto de la destrucción? Porque, en vez de tratar lo real como identidad, se lo trata desde el principio como distancia. (79)

[2] Alenka Zupančič, siguiendo a Badiou muy de cerca, plantea en relación a la obra de Malévich: “one should stress that his project was far from being simple abstractionist; it was not about purifying the world of images or representation up to the point where nothing is left but its pure form. Rather, his project was to create a form that could count as the first “content” or object created by painting from within its own practice–“the painting-surface” or “plane” being, according to Malevich, precisely this: namely, a painterly object par excellence” (The Shortest Shadow 6). Por este motivo, Zupančič propone que el proyecto de Malévich debe ser apreciado como un manifiesto de arte, el cual no puede ser separado de la obra de arte en sí. Volveré sobre este aspecto más adelante.

[3] Badiou afirma que durante el siglo XX “[se] buscó con ansia el arte puro, en el cual el papel del semblante no consiste sino en indicar la crudeza de lo real…La idea de que la fuerza se adquiere en virtud de la depuración de la forma no es en modo alguno patrimonio de Stalin. Ni de Pirandello. Lo común a todas estas tentativas es, una vez más, la pasión de lo real” (76).

[4] Para Malévich, la sensibilidad es fundamental en el proceso de distanciamiento, por cuanto el artista “llega a un desierto donde nada es reconocible, excepto la sensibilidad. El artista se ha desembarazado de todo lo que determinaba la estructura objetivo-ideal de la vida y del ‘arte’: se ha liberado de las ideas, los conceptos y las representaciones, para escuchar solamente la pura sensibilidad” (318).

[5] Refiriéndose a la dimensión política y ética de la obra de Bolaño, y a la relación específica de esta dimensión con la estética propia del autor, Celina Manzoni afirma que Bolaño “se propone preguntas que resuelve con originalidad y audacia: de qué manera la ficción puede contar lo político, cómo narrar el horror, cómo construir una memoria y una escritura que trastorne los límites entre lo manifiesto y lo subyacente” (“La escritura como tauromaquia” 14).

[6] La cuestión de la distancia entre el arte y las distintas esferas de cultura ha sido planteada reiteradas veces por el filósofo francés Jacques Rancière, quien se enfoca principalmente en las relaciones entre estética y política. Así, Rancière explica que el arte no es político “por los mensajes y los sentimientos que transmite sobre el orden del mundo. No es político tampoco por la forma en que representa las estructuras de la sociedad, los conflictos o las identidades de los grupos sociales. Es político por la distancia misma que guarda con relación a estas funciones, por el tipo de tiempo y de espacio que establece, por la manera en que divide ese tiempo y puebla ese espacio” (Sobre políticas estéticas 17; énfasis agregado). En el pensamiento de Badiou, asimismo, lo real aparece precisamente en la distancia entre el arte y lo real. No sería posible depurar lo real ni alcanzar lo real por medio del arte, porque es la distancia misma lo que es real y es esta distancia la que el Cuadrado blanco de Malévich expresaría en su blancura indefinida: “La cuestión real/semblante no se resolverá mediante una depuración que aísle lo real, sino comprendiendo que la distancia misma es real. El cuadrado blanco es el momento en que se ficcionaliza la separación mínima” (El siglo 79; énfasis agregado).

[7] La imagen del bombardeo al Palacio de La Moneda es el epítome de la lógica de la depuración, de la destrucción del Estado. Así, Willy Thayer plantea que “La Moneda, la República, el Estado en llamas es…la representación más justa de la ‘voluntad de acontecimiento’ de la vanguardia, voluntad cumplida siniestramente por el Golpe de Estado como punto sin retorno de la vanguardia, y como big bang de la globalización” (El fragmento repetido 15). Thayer identifica el Golpe con la vanguardia y se opone de este modo al planteamiento de Richard en relación a las vanguardias artísticas chilenas. Es por este motivo que Richard le responde distinguiendo entre la vanguardia destructiva del Golpe y la vanguardia deconstructiva de los 80. Para Thayer, “es el Golpe, más que las prácticas de arte (y de cualquier campo) lo que se sale de marco y destituye no sólo la institución, las rutinas, los sobreentendidos del arte; es el Golpe, sin campo, lo que desvía los códigos poniendo en duda las bases de señalización…Es el Golpe y no el arte el que desarma los sobreentendidos de la cotidianeidad en cualquier ámbito…es el Golpe el que cambia el arte, la universidad, la política, la subjetividad” (24-5). Pienso que distinguir, como lo hace Richard, entre el hacer de la dictadura y el hacer de las neovanguardias artísticas es fundamental, para evitar (como lo hace Thayer) “sublimar” el Golpe (Richard, (“Lo político y lo crítico en el arte” 36).

[8] En otra exhibición Wieder nombra a las Aprendices del fuego: “Los generales que lo observaban desde el palco de honor pensaron…que se trataba…de sus novias, sus amigas, o tal vez el alias de algunas putas de Talcahuano. Algunos de sus más íntimos, sin embargo, supieron que Wieder estaba nombrando, conjurando, a mujeres muertas” (43).

[9] Marcelo Cohen establece el paralelo entre Wieder y el régimen de la siguiente manera: “Máquinas y misterio: si Estrella distante cuenta el desarrollo de un posible vanguardista ideal, el que realiza el asesinato de la lengua en el despedazamiento de cuerpos, lo cuenta en el marco perfecto –una máquina política de limpieza social- para sus fines de sobria ironía” (“Donde mueren los poetas” 34). En su análisis de Estrella distante, Celina Manzoni se enfoca en la propuesta de Bolaño en relación al uso del lenguaje y el tratamiento de la historia:

Si la pérdida de tradiciones democráticas que parecían tan rotundamente afirmadas en Chile ha fragmentado la Historia, y con ella los lenguajes, la literatura de Bolaño parece proponerse como una respuesta al fracaso de los intentos de construcción de una narrativa a partir de un único punto de vista que además busca perpetuarse en una retórica que formula una política de transacción del olvido. Una voluntad estética orientada a capturar el despliegue de las diferencias, le permite a su vez diferenciarse de la seguridad y también de la banalidad y el adelgazamiento de los intentos de representación mimética, así como abandonar la ilusoria y antigua eficacia colocada en las verdades dichas con estridencia, para adoptar en su lugar los lenguajes de la reflexión, no sólo estética sino también ética y política. (“Narrar lo inefable” 42)

[10] En esta sutura se aprecia la misma ‘estetización de la política’ llevada a cabo por el régimen nazi. Según Carsten Strathausen, “Nazi aesthetics is primarily a visual aesthetics, since the major triumphs of Nazi propaganda are of a specular nature” (10). Asimismo, explica qué se entiende, en este contexto, por ‘autenticidad en el ‘arte’: “Nazi’s idiosyncratic definition of ‘authenticity’ and ‘reality’, [states that] ‘true’ art does not simply mirror existing status quo. Rather, it actually materializes the utopian visions of fascism which, in turn, would give rise to perceptual patterns aimed at setting straight one’s entire visual apparatus” (14). Mi idea es que las acciones poéticas de Wieder pueden ser apreciadas desde esta perspectiva, es decir, como un arte plenamente visual que intenta cambiar el modo en que el arte (la poesía) percibe o da cuenta de la realidad (la muerte y la desaparición): en los versos de Wieder la muerte se convierte en arte.

[11] CADA es la sigla para “Colectivo de Acción de Arte”, movimiento de vanguardia en el Chile de fines de los años setenta y ochenta.

[12] Belano cuenta que en 1974 “Wieder estaba en la cresta de la ola. Después de sus triunfos en la Antártida y en los cielos de tantas ciudades chilenas lo llamaron para que hiciera algo sonado en la capital, algo espectacular que demostrara al mundo que el nuevo régimen y el arte de vanguardia no estaban, ni mucho menos, reñidos” (86).

[13] La atrocidad de los actos cometidos por Wieder y por la dictadura ilustran en su “exceso aterrador” esa inhumanidad de la que habla Slavoj Žižek: “‘no es humano’ no es lo mismo que ‘inhumano’: ‘no es humano’ significa simplemente que es externo a la humanidad, que es animal o divino, mientras que ‘es inhumano’ significa algo completamente diferente, esto es, el hecho de que no es humano ni inhumano, sino que está marcado por un exceso aterrador que, aunque niega lo que se entiende por ‘humanidad’, es inherente al ser humano” (Violencia en acto 17-18; énfasis agragado).

[14] Joan Copjec argumenta que una de las innovaciones teóricas de Lacan es entender al pervertido como un sirviente del Otro: “The pervert is both the servant who reveres the Other and his torturer…the Other thanks, or is expected to thank, the pervert for torturing him. Or perhaps: the pervert reveres the Other precisely by torturing him. The point of introducing these contortions into Freud’s phrasing is to propose that the pervert’s own activity, the torture he imposes, cannot be subjectivized, but is experienced by the pervert as imposed on him by the ineluctable will of the Other” (228). Más adelante, Copjec agrega: “And, to make a slightly different point, to say that the pervert seeks to fulfill a duty to the Other is not to imply that the pervert, in carrying out his duty, seeks the Other’s validation, or permission, or sanction. These all form part of the neurotic’s quest to discover the Other’s desire; but if the pervert makes himself an instrument of the Other, he does so without assuming the affects of docility and servility that identify the neurotic relation” (229).

Bibliografía

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Ángeles Donoso

Ángeles Donoso received a B.A in Spanish American Literature from Pontificia Universidad Católica de Chile, and a M.A from Washington University in Saint Louis, where she is now a Ph.D. candidate. Her main interests are 20th and 21st century Latin American narrative and film, philosophy, and aesthetic and film theory. She has worked mainly on contemporary Southern Cone narrative and Argentinean Cinema, and she is interested on the articulations between aesthetics and politics.

Presentations: “Estética y política en 2666 de Roberto Bolaño: Historia y representación, violencia y escritura” (Vanderbilt Graduate Student Conference, 2006; Jornadas de Estudiantes de Postgrado de la Universidad de Chile, 2007).

Erasing the Invisible Cities: Italo Calvino and the Violence of Representation

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Author Bio

John Welsh, University of Virginia

The unabashed “literariness” of Italo Calvino’s Invisible Cities makes it an easy target for critics who claim that “wholly literary” worlds cannot be moral ones. Alessia Ricciardi believes that Calvino’s late career represents an abandonment of his earlier sense of duty as an intellectual: “Sadly,” she explains “Calvino the mature postmodernist became exactly what he feared as a young man, that is to say, a solipsistic thinker removed from the exigencies of history […] his writings uphold an idea of literature as a formalist game that avoids any costly or serious ‘human’ association.” (Ricciardi 1073-1074, emphasis mine). While it is certainly true that Invisible Cities—with its combinatorial, “geometric” structure—can be read as a literary game, it is important to consider the possibility that it may be a very serious game.

At stake in Invisible Cities is the very ethics of representation. After the so-called “crisis of representation,” in which writers lost faith in the ability of words and symbols to function as reliable vehicles of thought and experience, the act of representation forever lost its innocence. While representation is necessary to share thoughts and experience in the form of comprehensible symbols, these symbols inevitably fail to tell the whole story. Representation contains its own inherent violence in which the desired, necessary meaning (that ineffable ‘truth’ that it is the ethical writer’s duty to express) is inevitably obliterated and replaced by the physical text. The value of this text is at best only partial, and at worst expresses and reinforces the very structures of repression that it is intended to combat. It is one of the great, labyrinthine questions of postmodernity: if writing is inherently violent, is it also inherently immoral? How can the postmodern intellectual circumvent the violence of representation in order to fulfill the moral duty of literature?

The violence of representation was articulately expressed by Calvino in the retrospective 1966 introduction to his “realistic” first novel The Path to the Spiders’ Nests. He explains what happens when young writers wish to express their thoughts about a powerful, important experience:

…the first book instantly becomes a barrier between you and that experience, it severs the links that binds you to those facts, destroys your precious hoard of memories—a hoard in the sense that it would have become a reserve on which to draw permanently if you had not been in such a hurry to spend it, to squander it, to impose an arbitrary hierarchy on the images that you had kept stored there, to separate the privileged images, which you believed contained a genuinely poetic emotion, from the others…in short to set up in your arrogance a different memory, one that has been given another shape instead of your whole memory with its blurred outlines and its infinite capacity for retrieval…Your memory will never again recover from this violence that you have done to it by writing your book. (Calvino, The Path to the Spiders’ Nests 28. My emphasis)

Writing “burns the treasure of memory” by imposing an artificial, subjective hierarchy—the hierarchy of language, the limitations of genre and style, or a relative idea of importance—onto the inexpressible flux of the totality of experience. Once it is emplotted—especially emplotted into the culturally-created code of meanings represented by the Saussurian langue—individual experience can never be recovered. Previous criticism—and especially critics who accuse Calvino of abandoning his duty for practical involvement as an intellectual— have not given sufficient attention to the way in which Invisible Cities explores the reciprocal violence of representation. Paradoxically, Calvino suggests that the best way to combat the violence of representation may be committing violence against representation.

Calvino defies the crisis of representation by exposing his own creations to an unremitting, repeated violence by use of a method similar to Jacques Derrida’s notion of writing sous rature. This technique involves regarding signification with a certain methodological doubt: treating all statements as provisory and proceeding in terms of simultaneous affirmations and negations. Gayatri Spivak’s definition is perhaps the clearest and most helpful: “This is to write a word, cross it out, and then print both word and deletion. (Since the word is inaccurate, it is crossed out. Since it is necessary, it remains legible.)” (Spivak, xiv. Emphasis mine). The author creates step-by-step, provisionally, calling each judgment into question as soon as it is made, affirming and negating—erasing the footprints left in the sand. Derrida explains the process of writing in this way, “At each step I was obliged to proceed by ellipses, corrections and corrections of corrections, letting go of each concept at the very moment that I needed to use it” (Derrida, 1976, p.xviii). For the artist who places writing under erasure, the violence of representation becomes reciprocal. While the signifiers partially destroy the world that the author attempts to convey, he or she partially destroys the signifiers.

Because of his preference for lightness,[1] however, Calvino rejects the traditional typographical embodiment of erasure: UTOPIA, which achieves negation through the addition of a heavy strikethrough. In fact, the entirety of Calvino’s Six Memos for the Next Millennium can be seen as the development of a lighter method of erasure with respect to Derrida’s conception of writing sous rature. Although Calvino speaks of five separate traits necessary for the future survival and relevancy of literature, these points are in reality inseparable and point towards a cohesive strategy of violence against representation that can be called “lightening.”

Calvino embodies his principles while expressing them in the following significance-loaded phrase: “…I dream of immense cosmologies, sagas, and epics enclosed in the dimensions of an epigram.” (Calvino, Saggi 673. My translation.[2]) In other words, Calvino dreams of a language that would maximize its content (signified) while minimizing its representation (signifier). Graphically, Calvino’s utopian ideal could by represented by an asymptote, moving further and further away from inaccuracy towards that never-reachable ideal of complete exactness. Because the sentence describing Calvino’s “cosmological epigram” is both the best expression and the best embodiment of the Six Memos as a utopian vision of literature, it is worth dissecting Calvino’s phrasing in some detail:

1) …sogno—I dream of the possibility of this literature. I do not see it, predict it, or even ask for it—I dream it. As such, it is utopian: the fanciful and perhaps impossible ideal of my dreams. It is also a literature reached through the imagination, that most calviniano of epistemological tools.

2) …immense cosmologie, saghe, epopee— A cosmology is perhaps the most ambitious literary form possible, which is evident in the word’s etymology. Deriving from Greek for cosmos and logos, the cosmology endeavors to bring both order and discourse (both present in the idea of logos) to no less than the universe (cosmos), in both its physical and metaphysical nature. A work that is potentially larger or more important than the cosmology is simply unimaginable (although sagas and epics would follow close behind). As an adjective, ‘epic’ has even come to denote anything that is tremendously large and ambitious in scope. In this respect, we are reminded of the most important aspects of Calvino’s trio of literary forms—their immense size and importance.

3) …racchiuse—“Enclosed” is also a very important word in this formulation—it should be noted that Calvino does not say ‘shrunk’ or ‘cut’ or any word that would indicate any reduction of or subtraction from the cosmologies, sagas, and epics. Rather, they are enclosed in the exactness of the epigram, suggesting that there may also be an accompanying process of unpacking and reconstituting them on the other side (a process that would presumably be carried out by the reader). The words of the epigram, however, become the necessary (though inaccurate) vehicles of the dreamed-of cosmologies.

4) …nelle dimensioni di un epigramma— The fact that these cosmologies must be enclosed within “the dimensions of an epigram” is what finally illustrates all of Calvino’s Memos. It should be noted that the word ‘dimensions’ seemingly invokes a certain mathematical or geometric idea of size. In this respect, one can certainly think of Calvino’s love of the combinatorial and his association with Raymond Queneau and the OuLiPo [Ouvroir de littérature potentielle]. The mathematical idea of ‘dimension’ plays a key role in invoking Calvino’s highly important conception of exactness, which is equal parts visual, economic, and structural.[3]

Moreover, the epigram has always been emblematic of the force of literature to maximize its signified content while minimizing its use of signifiers, thereby expressing its content lightly, quickly, and exactly. The utopian ideal of compressing the multiplicity of a cosmology into the lightness, quickness, exactness, memorability,[4] and quickness of an epigram is precisely how literature must adapt itself to survive in the postmodern age—an era of dwindling attention spans and ever faster multimedia expression. By using compression, concision, exactness, lightness, and quickness, the cosmological-epigram approaches silence by saying as little as possible, thus committing violence against representation by minimizing the presence of the signifier. By lightening his language asymptotically toward exactness, Calvino hopes to approximate a spirit of writing under erasure. To reiterate Spivak, the impossible, utopian ambition of the proposed cosmological-epigram would be to produce only what is necessary with as little recourse as possible to the inaccurate.

Essential to Calvino’s poetics of erasure, and its inherent violence against representation, is his notion of utopia. Under the conditions of postmodernity,[5] the utopia presents itself as both a highly problematic and extremely potent form. I suggest that by writing with a certain “utopian caveat” the postmodern author can express his or her ethical values (eu-topos as ‘happy-place’) while simultaneously negating them (u-topos as ‘no-place’). In this respect, the utopia can be conceived as the original form of expressing the ethical sous rature. Calvino attempts to use the techniques of erasure in order to express the ethical despite the postmodern crisis of representation by creating a series of invisible, incompletely-erased utopias in which he exposes his own aesthetic-historical-moral values to a sense of crisis, while never quite abandoning them.[6]

Returning to Invisible Cities, it would seem that the idea of the “cosmological-epigram” applies very well to Calvino’s miniature urban sketches, very brief portraits that attempt to express the nature of an imaginary city. In this respect, they are probably best imagined as “mini-utopias,” or even the cosmological epigrams of various imaginary, utopian universes. In 1973, just after the publication of Invisible Cities, Calvino wrote an essay about the French utopist Charles Fourier that contained a section entitled “L’Utopia pulviscolare” in which he describes his “Utopia of Fine Dust”:

“Utopia has no consistency. You may participate in the spirit of it, believe in it, but other than on the page it does not come with you into the world, and you yourself do not manage to follow it up. Once I have shut the book, Fourier does not follow me, and I have to go back and browse to find him there, to admire him in all his clarity and obstinacy…The utopia I am looking for today is less solid than gaseous: it is a utopia of fine dust, corpuscular, and in suspension.” (Calvino, The Uses of Literature 254-255)

The image fits perfectly; it is one of supreme lightness—a gaseous utopia of fine dust. We can imagine a utopia incompletely erased to its exact essence, until it could float lightly on the breeze—its signifiers no more than pixie dust sprinkled on the reader’s imagination.

Although the violence enacted against representation does not stop the violence inherent in representation, Calvino’s technique of erasure represents an important “defiance of the labyrinth.” If it is true that the labyrinth cannot be “escaped,”—that there is no way to represent or perceive the world without the violence and distortion of relativity and partiality—then the proper attitude of the artist is one of defiance rather than surrender:

What literature can do is to define the best attitude [atteggiamento] that one can take in order to find the way out of the labyrinth, even if escaping the labyrinth will only lead to another labyrinth. It is the defiance of the labyrinth that we want to save, it is a literature of the defiance of the labyrinth that we want to clarify and distinguish from the literature of the surrender to the labyrinth.[7](Calvino, Una pietra sopra 96. My translation.)

Calvino’s final words in this 1962 essay “La sfida al labirinto” (“Defiance of the Labyrinth”) are strikingly similar to those used by Gerald Graff in 1979’s Literature Against Itself: “The critical problem…is to discriminate between anti-realistic works that provide some true understanding of non-reality and those who are merely symptoms of it” (Graff 12). To write as though representation were unproblematic—to continue, in other words to write a realist, didactic novel— would be to deny the labyrinth. To write as though representing the world were impossible—to think of literature as a solipsistic formalist game—would be to surrender to the labyrinth. The morality of Invisible Cities is best understood in the way that it defies the epistemological, representational labyrinth without denying it by proposing a utopian epistemological “way-out.”

Epistemology and representation are inseparable in Invisible Cities, which consistently demonstrates that representation—with all its inherent violence—is humanity’s primary “way of knowing” the world. The violence of representation is not only present in the writer’s pen, but also in the mind’s eye of the observer. Representation is not only a structure of communication, but inevitably—and perhaps regrettably—a structure of perception. “To see a city,” Calvino explains, “it is not enough to keep your eyes open. You must first discard everything that prevents you from seeing it—all your inherited ideas and preconceived images” (Marabini 184. My translation). Of course, the postmodernists must admit that perceiving the unmediated by the invisible structures of the self is impossible. Unmediated perception is the “utopian” ideal of Calvino’s text: always recognized as both ideal and impossible. In fact, Invisible Cities is nothing if not a catalogue of obstacles blocking unmediated perception of the world, each city existing as a metaphor for the “invisibility” of experience—the way human beings erase the world around them and replace the world with symbols, simulacra, and Lacanian ideal selves. Graphically, Calvino’s utopian epistemological system is once again best represented by an asymptote, moving further and further away from everything that mediates perception (which should be violently destroyed) always approaching that never-reachable ideal of unmediated perception.

The city of Phyllis is perhaps the best expression of the way that the unmediated world of experience is replaced by a “represented” world. The first paragraph describing Phyllis illustrates a utopian, unmediated perception of the city:

At every point the city offers surprises to your view: a caper bush jutting from the fortress’ walls, the statues of three queens on corbels, an onion dome with three smaller onions threaded on the spire. “Happy the man who has Phyllis before his eyes each day and who never ceases seeing the things it contains,” you cry, with regret at having to leave the city when you can barely graze it with your glance. (Calvino, Invisible Cities 90-91. My emphasis)

In the first paragraph, Phyllis is seen for the first time, almost through the eyes of a child. Thus, it is to a certain extent, “unmediated.” It is undeniably “open” and full of possibilities. The second paragraph describing the city of Phyllis is remarkably different, describing a much more “closed” city viewed by the eyes of someone who has lived in the city for a considerable period of time:

But it so happens that, instead, you must stay in Phyllis and spend the rest of your days there. Soon the city fades before your eyes, the rose windows are expunged, the statues on the corbels, the domes. Like all of Phyllis’s inhabitants, you follow zigzag lines from one street to another, you distinguish the patches of sunlight from the patches of shade, a door here, a stairway there, a bench where you can put down your basket, a hole where your foot stumbles if you are not careful. All the rest of the city is invisible. Phyllis is a space in which routes are drawn between points suspended in the void: the shortest way to reach that certain merchant’s tent, avoiding that certain creditor’s window. Your footsteps follow not what is outside the eyes, but what is within, buried, erased. If, of two arcades, one continues to seem more joyous, it is because thirty years ago a girl went by there, with broad, embroidered sleeves, or else it is only because that arcade catches the light at a certain hour like that other arcade, you cannot recall where. (Calvino, Invisible Cities 90-91. My emphasis).

The second paragraph narrates the violence committed against the real city of Phyllis by its long-time inhabitants. It is replaced, covered, and erased by an interior, “represented” city—a city of words, signs, stories, and memories. Rather than describing the physical city, these eyes transform the city into a sign of something absent. Or rather, the city is inevitably covered by absent traces of desire, or history, or expectation. This is most clearly seen in the example of the arcade that “continues to seem more joyous” because it is marked by the invisible traces of a representation of history—the absent girl with embroidered sleeves—or the invisible traces of its similarity to another absent arcade buried deep inside the memory. The city outside the eyes—the city beyond the self—is invisible. Only the city inside the self can really be perceived; or rather, the only city that is perceived is the “represented” city inside the self.

The city is perceived not “visually” (immediately), but “linguistically”—as the sign of an absent city. The self-consciously “linguistic” nature of this city is rendered explicit in the final paragraph describing Phyllis: “Millions of eyes look up at windows, bridges, capers, and they might be scanning a blank page. Many are the cities like Phyllis, which elude the gaze of all, except the man who catches them by surprise” (Calvino, Invisible Cities 90-91). Here, in typical Calvino fashion, the link with reading and writing is made explicit. Rather than perceiving the ‘real’ city, these eyes scan its features as though it were a blank page. The blankness of this page is quite important. In addition to suggesting the invisibility of experience, the blank page also invokes the idea of writing. In addition to “reading” the city linguistically as a sign of things that are absent, the city is also portrayed as a blank page onto which these eyes project their interior selves, thus writing the world to a greater extent than they read it.

The linguistic metaphor—in which the real Phyllis becomes merely a sign of the absent, “represented” Phyllis—is a common phenomenon in Invisible Cities. According to Teresa de Lauretis, “…all of Marco Polo’s cities are metaphors of absence” (De Lauretis “Semiotic Models” 23). The city most exemplary of its existence as absence is the first of Calvino’s “Cities and Signs,” Tamara:

Finally the journey leads to the city of Tamara. You penetrate it along streets thick with signboards jutting from the walls. The eye does not see things but images of things that mean other things: pincers point out the tooth-drawer’s house; a tankard, the tavern; halberds, the barracks; scales, the grocer’s. Statues and shields depict lions, dolphins, towers, stars: a sign that something— who knows what?— has as its sign a lion or a dolphin or a tower or a star…If a building has no signboard or figure, its very form and the position it occupies in the city’s order suffice to indicate its function: the palace, the prison, the mint, the Pythagorean school, the brothel. The wares, too, which the vendors display on their stalls are valuable not in themselves but as signs of other things: the embroidered headband stands for elegance; the gilded palanquin, power…However the city may really be, beneath this thick coating of signs, whatever it may contain or conceal, you leave Tamara without having discovered it. (Calvino, Invisible Cities 13-14. My emphasis)

In Tamara, travelers have the same experience as the long-time inhabitant of Phyllis, they are unable to see the city outside of their eyes. Or rather, the city that is “present” outside the eyes serves only as a sign pointing to the absent “represented” world within the self. As such, Tamara is a vivid portrait of the nature of the sign. According to Spivak, the sign is a peculiar being made entirely of absence: “Such is the strange ‘being’ of the sign: half of it always ‘not there’ and the other half always ‘not that.’ The structure of the sign is determined by the trace or track of that other which is forever absent” (Spivak xvii). Calvino’s city stands as a metaphor for precisely this kind of semiotic absence, the “present” city pointing towards that which is “not there” although the city is undeniably “not that”—it is undeniably not the absent thing toward which it perpetually points. By representing the city to themselves, travelers commit violence against their experience by erasing the present city in order to transform it into an absent one.

There is certainly a strain of pessimism in the Invisible Cities—and perhaps it is the dominant strain of the book— that believes that the perception of the “real” world beyond the self to be an impossible, utopian “no-place.” In the above description of Tamara, there is a sense that the traveler is unable to perceive the city as a presence—that perhaps there is ultimately no way for perception to access the mythical “present” being of a city. It may be the case that the semiotic obliteration of the present city is simply an unavoidable structure of human perception. Perhaps the world is not a work that invites a free, open interpretation but rather one that dictates the conclusions of its observers.

Your gaze scans the streets as if they were written pages: the city says everything you must think, makes you repeat her discourse, and while you believe you are visiting Tamara you are only recording the names with which she defines herself and all her parts…(Invisible Cities 13-14. Emphasis mine)

In this passage, Calvino characterizes the city itself as the active agent in its own semiotic obfuscation and destruction. In other words, it is not the traveler who acts as writer of the city’s discourse—projecting his own interior world onto the blank slate of the city as did the long-time inhabitants of Phyllis— but the city itself that authors its own discourse, forcing the traveler to perceive it linguistically as the sign of an absent city. If the first paragraph of Phyllis contains an optimistic view of the world as an open work, this sense of optimism is absent from Tamara. Another of Calvino’s “Cities and Signs,” Olivia contains Calvino’s quickest expression of this pessimism: “Falsehood is never in words; it is in things” (Calvino, Invisible Cities 62). Calvino constantly acknowledges the possibility that his epistemological utopia of perception unmediated by representation is indeed a “no-place,” that perhaps la menzogna of misperception originates not in individual perceptions, but in the world itself which simply cannot be perceived correctly or objectively. Perhaps the epistemological traveler yearns forever to the unreachable asymptote of “true perception” which is itself merely a figment of his imagination.

Representation, however, is always portrayed as a violent force that closes the openness of experience. Another way in which Calvino’s cities erase themselves is by alternating “open” and “closed” cities—creating a mise-en-abyme of open cities and closed cities in order to form a composite picture which is neither. An excellent example of an open city which can at any point collapse into a closed city is Chloe:

In Chloe, a great city, the people who move through the streets are all strangers. At each encounter, they imagine a thousand things about one another; meetings which could take place between them, conversations, surprises, caresses, bites. But no one greets anyone; eyes lock for a second, then dart away, seeking other eyes, never stopping. A girl comes along, twirling a parasol on her shoulder, and twirling slightly also her rounded hips. A woman in black comes along, showing her full age, her eyes restless beneath her veil, her lips trembling. A tattooed giant comes along; a young man with white hair; a female dwarf; two girls, twins, dressed in coral. Something runs among them, an exchange of glances like lines that connect one figure with another and draw arrows, stars, triangles, until all combinations are used up in a moment, and other characters come on to the scene: a blind man with a cheetah on a leash, a courtesan with an ostrich-plume fan, an ephebe, a Fat Woman. And thus, when some people happen to find themselves together, taking shelter from the rain under an arcade, or crowding beneath an awning of the bazaar, or stopping to listen to the band in the square, meetings, seductions, copulations, orgies are consummated among them without a word exchanged, without a finger touching anything, almost without an eye raised. A voluptuous vibration constantly stirs Chloe, the most chaste of cities. (Calvino, Invisible Cities 51-52. My emphasis)

Once again, Chloe is remarkable for its openness. A metaphor drawn from the language of quantum mechanics seems particularly appropriate in describing its paradoxical openness.[8] Chloe exists as a superposition of all possible Chloes, but only while the wavefunction remains uncollapsed. In other words, in order to preserve its remarkable openness, Chloe cannot make the jump from the possible to the represented, it certainly cannot transform itself into discourse by “exchanging words.” If dreams are given any kind of substance, the wavefunction is collapsed and Chloe becomes a closed city—its infinite possibilities are collapsed into a single symbol. As will be understood in greater detail when we arrive at our discussion of linguistic metonymy, it is highly significant that Calvino uses words associated with speech—“una parola” and “una storia”—to describe the collapse of the possible Chloe into a closed model:

If men and women began to live their ephemeral dreams, every phantom would become a person with whom to begin a story of pursuits, pretenses, misunderstandings, clashes, oppressions, and the carousel of fantasies would stop. (Calvino, Invisible Cities 51-52. Emphasis mine)

Although something is “lost” in the transformation of Chloe into a closed city, something is also gained. Although representation is violent, it is also necessary. Perhaps only the represented Chloe possesses the solidity that would enable its ‘realization’ or “communication.”

Issuing from the same national tradition as Luigi Pirandello, Calvino is constantly aware of the tension created by attempting to give form to the ineffable, insubstantial flux of vita via representation. To return to the key words of erasure, the problem is that language is inaccurate in the task of describing the chimerical/asymptotical “Reality.” It is also, however, necessary to communicate any sense of reality (or to convey any understanding of non-reality). The first of his “Cities and Names,” Aglaura, is a beautiful exploration of this problem, and perfectly captures Calvino’s highly ambivalent relationship with representation:

In this sense, nothing said of Aglaura is true, and yet these accounts create a solid and compact image of a city, whereas the haphazard opinions which might be inferred from living there have less substance. This is the result: the city that they speak of has much of what is needed to exist, whereas the city that exists on its site, exists less…Therefore, the inhabitants still believe they live in an Aglaura which grows only with the name Aglaura and they do not notice the Aglaura that grows on the ground. And even I, who would like to keep the two cities distinct in my memory, can speak only of the one, because the recollection of the other, in the lack of words to fix it, has been lost. (Calvino, Invisible Cities 67-68 Emphasis mine)

Here Calvino draws a strict distinction between the city of Aglaura and its discourse. Its discourse—despite its inaccuracy—has substance; it can communicate a solid idea of the city of Aglaura. It is able to endure. The city itself, however—or rather the image of the city gathered by experience rather than discourse—is unsubstantial, incommunicable, and utterly unable to endure: lacking the words to fix it, it fades away like Ariosto’s castle of Atlante. It seems that the Calvino of Invisible Cities has become even more pessimistic with respect to representation than the Calvino of the introduction to The Path to the Spiders’ Nests. In the latter, he claimed that experience “would have become a reserve on which to draw permanently” if it had not been squandered by the writing of the book. Here the “experience” of Aglaura does not endure as a reserve, but fades away because it has not been emplotted via representation. Either way, the “city of experience” simply cannot be made to endure without the violent distortion involved in its transformation into discourse.

The long-time inhabitants of Aglaura do not realize that they conceive of their city as its discourse rather than as its essence, breaking one of Polo’s cardinal rules: “No one, wise Kublai, knows better than you that the city must never be confused with the words that describe it.” (Calvino, Invisible Cities 62). A city’s discourse—although perhaps necessary to make a city substantial, communicable, and durable—is also precisely the space that is controlled by those who “invent” the city, making it inevitably inaccurate as it is unavoidably linked to relationships of power. A city’s discourse is subject to the relative and potentially dangerous cultural and historical positioning of its “authors,” who may use Orientalist strategies to invent their own image of the city—yet another way in which representation carries overtones of violence.

Calvino foregrounds the extraordinary “positioning” (with its overtones of unreliability) by making the voice of his cities none other than Marco Polo—a pair of Western, Orientalist eyes describing the cities of the east (Not to mention a representative of the male gaze that defines the exclusive female cities). Despite the extent, however, that Marco Polo seems to embody the unreliable, subjective, “culturally positioned” gaze per eccellenza, he must also be identified with Calvino, who is also a Western, Italian male and a viaggiatore in the empire of the imagination. If we question Marco Polo’s authority to present an impartial description of his cities, we must also question Calvino’s—or any writer’s—authority as moralist and “truth-teller.” Calvino has, however, anticipated our objection by placing Marco Polo as the voice that erases the universal validity of his stories as he tells them.

Marco Polo, as the reader learns, conceives of any city not on its own terms (its asymptotical/chimerical non-differential reality) but in terms of its relationship to his native Venice. And yet only a city’s discourse is solid, durable, and communicable. Once again we arrive at the inescapable impasse of postmodernity— representation is both inaccurate and necessary, and so the author must either refuse to create a discourse (surrender to the labyrinth) or constantly acknowledge his discourse as provisory and subjective (defy the labyrinth). The original fear of semiotic obliteration—“burning the treasure of memory”—that Calvino expressed in his introduction to The Path to the Spiders’ Nests is repeated almost exactly by Marco Polo in his description of Venice:

“Memory’s images, once they have been fixed in words, are erased,” Polo said. “Perhaps I am afraid of losing Venice all at once, if I speak of it. Or perhaps, speaking of other cities, I have already lost it, little by little.” (Calvino, Invisible Cities 87)

When transformed into words, memory’s images are erased. Representation, viewed as necessary to prevent the disappearance of cities like the Aglaura-that-grows-on-the-ground, is also revealed to be a force that erases cities…giving them substance, yes, but a substance that destroys and replaces their real essence. It is ultimately a catch-22. If it is represented, a city is obliterated and replaced metonymically by its discourse. If it remains unrepresented, it fades away, lacking the words to fix it. Either way the ‘real’ city of experience is invisible.

In addition to being the center of novel’s discussion of linguistic metonymy and loss, the novel’s famous passage on Venice is also the final, most complete admission of Polo’s ineluctable cultural positioning that prevents him from perceiving reality without violence:

And Polo said: “Each time I describe a city I am saying something about Venice.”

“When I ask you about other cities, I want to hear about them. And about Venice, when I ask you about Venice.”

“To distinguish other cities’ qualities, I must speak of a first city that remains implicit. For me it is Venice…(Calvino, Invisible Cities 86-87. Emphasis mine).

Here, Marco Polo affirms the widely-accepted idea of the differential nature of meaning production, but simultaneously negates the possibility of perceiving the world from a universal, “innocent” perspective. Polo understands other cities only to the extent that they are different from Venice. In order to explain a new city to himself, Polo violently forces it into a relationship with Venice—thus using “Orientalist” strategies of repetition and difference[9] in order to invent a comprehensible, substantial image of the city. In order to speak about any city, Marco must depart from a point a reference, a certain point of origin. Marco Polo is unable to see the world, unable to assign value to things except in reference to a concept of home: a first, implicit city. He is unable to speak of elsewhere except by departing from a notion of “here” as the non-elsewhere. In order for meaning to be determined differentially, there must be some idea of first, “original” term—here embodied by Polo’s hometown—which is emblematic of his own particular culturally and historically created subjectivity. Despite his travels, Marco Polo’s eyes will remain ineluctably Venetian. As Marco Polo gives form to the other cities, his conception of Venice changes; it begins to acquire a shape and a substance through difference, and perhaps he begins to lose the real city little by little even without speaking of Venice directly.

In tracing the textual techniques that Calvino uses to introduce a sense of lightness to his cities, his pessimism has become increasingly apparent. Calvino the mature postmodernist has begun to worry about the possibility of expressing or even accessing any reality that exists beyond the self. Rather than constituting an abandonment of the artist’s responsibility to engage in the historical exigencies of his time, Invisible Cities is an exploration of the difficulty of writing morally in the contemporary age. Artists can no longer write as they have written in the past, but must find a new way to express the ethical which is cognizant of the violence of any representation. And yet, they must not surrender to the labyrinth by claiming that linguistic relativity and inaccuracy renders the world unknowable. The artist, and indeed the reader, can and must continue to seek an understanding of non-reality, proceeding towards a recreation of value in the world through negation. In a brilliant stylistic move, Calvino postpones his only clearly didactic words for the novel’s closing passage. Leaving aside all that has been said about the impossibility of perceiving and representing the world, it must be done anyway:

The inferno of the living is not something that will be; if there is one, it is what is already here, the inferno where we live every day, that we form by being together. There are two ways to escape suffering it. The first is easy for many: accept the inferno and become such a part of it that you can no longer see it. The second is risky and demands constant vigilance and apprehension: seek and learn to recognize who and what, in the midst of the inferno, are not inferno, then make them endure, give them space. (Calvino, Invisible Cities 165. My emphasis.)

It is a brilliant restatement of Eugenio Montale’s expression of the artist in the midst of the inferno of non-reality: “This, today, is all that we can tell you:/ what we are not, what we do not want” (Montale 39). How exactly can we challenge the labyrinth? The strategy proposed is essentially a postmodern strategy of bricolage with a Modernist objective of restoring hierarchies of value to the chaotic inferno of the living. If we can no longer say what is the perfect city, perhaps we can at least identify which cities are not hell on earth. “Make them endure” invokes the notion that representation—despite its violence—is necessary. Value must represented; it must be supported and communicated even if the machinery of representation is shabby and inaccurate. And finally—and most importantly—“give them space.” Openness thus ends the novel as perhaps the most significant of Calvino’s values. If it is ultimately impossible (and perhaps not even ultimately desirable) to fully escape one’s cultural position, perhaps it is possible to at least not be “closed” by preconceived notions and inherited ideas.

[1] The key words of Calvino’s Six Memos for the Next Millenium are written in italics when I intend them to be understood as invoking their meaning as explained in that text by Calvino, rather than the traditional meanings of these words.

[2] Here I use my own translation because I feel the original racchiuse differs importantly from Calvino’s translation because it does not involve an idea of subtraction or reduction but rather compression: “…I dream of immense cosmologies, sagas, and epics all reduced to the dimensions of an epigram.” (Calvino, Six Memos… 51)

[3] Exactness means for me above all three things:

a well-defined and well-calculated structure of the work.

The evocation of clear, incisive, memorable visual images; in Italian we have an adjective that doesn’t exist in English: “icastico” from the Greek είχαστιχος;

A language as precise as possible both in choice of words and in expression of the subtleties of thought and imagination.” (Calvino, Six Memos… 55-56)

[4] While few epigrams can be said to possess visibility, they certainly possess the aspect of memorability which is so important for Calvino’s idea of visibility.

[5] Although defining postmodernism is very tricky, perhaps its most widely accepted characteristic is its skepticism toward the idea of the “grand-narratives,” toward any and all totalizing stories meant to explain the world— i.e. Marxism, Christianity, even secular humanism.

[6] By “his own aesthetic-historical-moral values” we might understand something like Calvino’s conception of bellezza: “La creazione d’una bellezza altra e l’imposizione della bellezza alla realtà questa (Uso «bellezza» come un termine comprensivo di valori estetico-storico-morali, come avrei potuto anche dire «libertà»)” (Calvino, Una pietra sopra 88. Italics and parentheses textual). This bellezza, however, is never presented as unproblematic, but rather acknowledged as subject to the fragmentation of the self that perceives it. “Fundamentally grounded in the tradition of the Enlightenment,” Kerstin Pilz explains, “the body of Calvino’s prose fictions represents an ongoing reassessment of his intellectual heritage” (Pilz 1). “Reassessment,” however, does not seem quite a strong enough word, as it would seem rather that Calvino exposes his values to a sense of crisis, while never quite abandoning them.

[7] I use my own translation here because I am unaware of a more official English translation of this essay, which does not appear in Calvino’s best-known English language essay-volumes The Uses of Literature or Why Read the Classics?

[8] In my treatment of Chloe, I am borrowing from the language of and concepts of quantum mechanics, specifically the Copenhagen interpretation of quantum mechanics. I will leave its explanation to the college physics text book that I originally learned it from:

In the Copenhagen interpretation…Until a measurement is performed, [a] variable literally has no value, but the wave function represents a superposition of states, the combination of all possible outcomes for a measurement of that variable. Only when an interaction occurs that demands a particular value for some quantity—for example, a measurement is performed—does the observed variable take on a specific value, that which is measured. This rather odd phenomenon is called collapse of the wavefunction. The act of observing causes the wavefunction to assume a state that was previously only a potentiality. (Hawley and Holcomb 444)

[9] On this point, see Cristina Della Coletta’s article “”L’Oriente tra ripetizione e differenza nelle ‘Città invisibili’ di Italo Calvino.” Studi Novecenteschi: Rivista Semestrale di Storia della Letteratura Italiana Contemporanea, 24:54 (1997 Dec), pp. 411-31.

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Della Coletta, Cristina. “L’Oriente tra ripetizione e differenza nelle ‘Città invisibili’ di Italo Calvino.” Studi Novecenteschi: Rivista Semestrale di Storia della Letteratura Italiana Contemporanea, 24:54 (1997 Dec), pp. 411-31.

Derrida, Jacques. Of Grammatology. Trans: Gayatri Chakravorty Spivak. Baltimore: The Johns Hopkins University Press: 1998.

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Lucente, Gregory L.; and Boselli, M. (translator). “Un’intervista con Italo Calvino.” Nuova Corrente: Rivista di Letteratura, 34:100 (1987 July-Dec), pp. 375-86. Translation of 1985-2-9024.

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Marabini, C. Le città dei poeti, Torino, S.E. I, 1976.

Pilz, Kerstin. “Reconceptualising Thought and Space: Labyrinths and Cities in Calvino’s Fictions.” Italica. 80:2 (2003 Summer).

Ricciardi, Alessia. “Lightness and Gravity: Calvino, Pynchon, and Postmodernity.” MLN, 114:5 (1999 Dec), pp. 1062-77.

Spivak, Gayatri. “Translator’s Preface.” Of Grammatology. Trans: Gayatri Chakravorty Spivak. Baltimore: The Johns Hopkins University Press: 1998

Bio

John Welsh

John Welsh is a native of South Bend, Indiana. He holds a B.A. from the University of Notre Dame and an M.A. in Italian literature from the University of Virginia, where he graduated with distinction and was honored as an outstanding graduate TA. He is interested in 19th and 20th century Italian literature, translation, and cultural studies. In his spare time, John is an amateur folk musician, songwriter, and Bob Dylan enthusiast.

El discurso cinematográfico contemporáneo como metáfora política en tres muestras de cine rural violento español.

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Pablo Martínez Diente
Vanderbilt University

Si los hombres del campo tuviéramos las tragaderas de los de las poblaciones, los presidios estarían desabitados como islas.

—Camilo José Cela, La familia de Pascual Duarte.

Apenas treinta años separan Pascual Duarte (1976) Los santos inocentes (1984) y El 7° día (2004), películas que sirven tanto de ejemplo de representación artística de la violencia en el mundo rural como de reflejo socio-político. En un país envuelto en un proceso inquietante, a la vez que esperanzador[1], a su modo estas obras deben ser consideradas más allá de su labor testimonial dentro de la historia. El propósito de este estudio es analizarlas como tropo de las posiciones políticas imperantes en el momento de su lanzamiento, estableciendo un diálogo entre sociedad, gobierno y cinematografía.

Los tres textos,[2] pese a encuadrarse en el mismo género cinematográfico del cine rural y, en ocasiones compartiendo elementos comunes, testimonian una posición ideológica social en el momento de ser producidas como obra de consumo cinematográfico. Las dos primeras películas se basan en novelas de enorme éxito en el momento de su publicación y la tercera en los sucesos reales relevantes a la matanza de Puerto Hurraco del 26 de agosto de 1990. La flexibilidad temporal, no espacial, puesto que las tres se desarrollan en Extremadura, ofrece un atractivo marco para analizarlas por separado, —tanto a nivel sincrónico como diacrónico—y en su conjunto, como cronología de violencia agreste. La aldea maldita (dirigida por Florián Rey, 1930), El espíritu de la colmena (de Víctor Erice, 1973) Furtivos (de José Luis Borau, 1975), Tasio (de Montxo Armendáriz, 1984) o La lengua de las mariposas (de José Luis Cuerda, 1999) son de igual manera claros ejemplos de cine rural que tienen elementos vistos en los tres ejemplos que analizaré. No obstante, por su naturaleza e intencionalidad ideológica, política —o por sus roces con la urbe con la que colindan sus poblacione—no ofrecen los vínculos violentos encontrados en los ejemplos que he decidido rescatar. En los filmes mencionados arriba existen diversas tonalidades de violencia, y el discurso político que contienen forma, en ocasiones, parte de la trama. Pero este discurso no es un elemento crucial para hacer un análisis somero de las obras. Lo paranormal en El espíritu de la colmena o Vacas (dirigida por Julio Medem en 1992), o las relaciones materno-filiales en Furtivos se antojan como campo más denso de escrutinio, y las posiciones ideológicas permanecen en un segundo plano. Sin restar la carga política que estas películas contienen, las elegidas en este ensayo sitúan dicha carga en un plano más primordial dentro de las imágenes violentas que las conforman.

El tiempo que ha distanciado el estreno de las películas ha de servir primeramente como muestra del intenso devenir de la sociedad española desde la muerte de Francisco Franco en noviembre de 1975. A la incertidumbre de esos primeros meses del cambio hay que sumar la adaptación de una sociedad que ha vivido de espaldas al resto de la “normalidad” europea (desde el Mercado Común o las prácticas sexuales al disfrute de la contracultura o el progreso tecnológico) durante casi cuatro décadas. Este detalle no ha de ignorarse cuando se quiere examinar el proceso creativo de Pascual Duarte, estrenada a tan solo medio año de la desaparición física del dictador. Tampoco, el hecho de que Los santos inocentes contase con una fuerte subvención económica estatal del PSOE, el nuevo partido en el poder bajo los auspicios de la ley Miró, a la que debemos sumar la ayuda del propio Delibes en la elaboración del guión. Finalmente, y a pesar de distar catorce años entre Puerto Hurraco y la película de Saura, es interesante valorar la representación de un hecho histórico pergeñado a treinta años de la caída del franquismo, en plena democracia, y cuyo lanzamiento coincide con el retorno del partido socialista al poder en el mes de marzo de 2004.

Pascual Duarte. Inmediato ajuste de cuentas.

Pacual Duarte portrayed the hostility of rural space in order to debunk the Francoist myth of nature and, by implication, attack the entire ideology of the regime.

—Sally Faulkner, Literary Adaptations in Spanish Cinema.

Estima Núria Triana-Toribio que la tradición literaria de la España de los años cuarenta se ocupaba de plasmar por una parte el poder redentor de la Iglesia católica como seña de identidad nacional, y por otra la recuperación e idealización de ciertos mitos patrios legendarios (118). Tomando como inspiración la terrible historia del campesinado extremeño, La familia de Pascual Duarte (publicada en 1942), Ricardo Franco hizo un ejercicio de metástasis cinematográfica, entrando en diálogo con su momento histórico como hiciera Camilo José Cela al publicar su novela. Metástasis —salvando las distancias de uno y otro formato artístico— como propagación de una ideología crítica con el sistema dictatorial, bien en la forma de un texto literario, como hace Cela, o bien en el lanzamiento de una película, como Franco. Dicha crítica muta siendo consciente del paso temporal, pero utilizando técnicas de representación de la violencia similares.

Si se considera a la novela de Cela como la primera en intentar renovar la narrativa nacional, al oponerse a la tradición anteriormente mencionada y dando forma al mismo tiempo al tremendismo[3], Pascual Duarte (1976) inaugura un cine mucho más violento, seco y sangriento[4]. La anteriormente mencionada Furtivos, un año antes, había en cierta medida preparado al público al dotar a la narración de personajes y situaciones realmente tremebundas como la madre posesiva, la muerte innecesaria de un ser vivo, el pueblo como infierno arcádico, etc. Al respecto observan Jordan y Morgan-Tamosunas:

Furtivos exposes the deceptive veneer of the Francoist idyll by revealing an underlying reality of ignorance, exploitation, cruelty and violence. […] In a similar fashion, the events of Pascual Duarte subvert the harmonious utopia of the rural context and introduce the devastating effects of ignorance and matricidal violence. Both Furtivos and Pascual Duarte epitomize the ‘tremendista’ of Spanish realism in which the ugliness, cruelty and the sordidness of reality are foregrounded both in form and mise en scène. (47)

No obstante, parte de lo que difiere en las dos películas es su localización geográfica[5], la cercanía del personaje central con núcleos urbanos y la propia cinematografía de los dos textos, La novela de Cela exige de Pascual un trasfondo más violento y menos contemplativo, pese al parecido entre José Luis Gómez y Ovidi Montllor[6], protagonistas de las dos películas.

Rodada a lo largo del crucial 1975, Pascual Duarte nace de un texto narrativo a esas alturas ya arraigado en la cultura nacional, factor que no invita al productor, el entonces ubicuo Elías Querejeta, y al director y guionista Ricardo Franco en su debut como realizador, a dotar al film de profundidad psicológica. Críticos como Hopewell,[7] han notado que se rueda una película con una agencia inmediata y urgente de acción, supeditando esa profundidad al dinamismo de la violencia. Tradicionalmente, los retratos pormenorizados de desequilibrados y sociópatas, los inadaptados y enfermos de todo tipo, tan exitosos como material cinematográfico no merecen metraje en esta película. La crudeza de un balazo, en definitiva, impacta más que la psicología de su autor.

La película Pascual Duarte, cuya cronología abarca el cambio de siglo y las tres primeras décadas del XX, lleva más lejos la mordaza impuesta por Cela a los episodios relevantes al combate contra la ideología imperante de turno[8] al haber pasado más de treinta años de su publicación y cuatro décadas de las desventuras de Pascual. Si por razones obvias en 1942, las figuras marginales del transcriptor y editor de la novela dificultan la identificación de una crítica hacia el régimen franquista, el desahogo violento de la película confirma y delata una impaciencia por parte del equipo creativo por mostrar crudamente una serie de venganzas simbólicas a quemarropa. Situación contraria a lo que obligaba el decoro franquista.

Algunos de los acontecimientos rurales violentos y su representación ya estaban presentes antes de la conflagración civil[9], hechos que minan en parte la interesante visión de Thomas Deveny, quien considera que la preparación de Pascual y su ajusticiamiento es idéntica a la vivida por España y su desintegración hasta 1936 y no a partir de este momento histórico (13). Me inclino a optar por la encarnación del pueblo español en el campesino extremeño frente al opresivo control latifundista ejercido por Don Jesús. Este, curiosamente aparece tan sólo como nota al principio de la novela, pero ofrece la clave de interpretación de la violencia al final de la película, como símbolo del dictador reinante. Tal y como advierte Santoro, “the events leading to the murder of Don Jesús and the actual murder are never stated” (84). Es decir, no hay necesidad de una explicación que satisfaga la acción violenta de Pascual al rematar al terrateniente. Pero lo que es fehaciente es que ha sido condenado al cadalso, no por el asesinato de su madre, último crimen de Pascual en la novela, o del chulo de su hermana, sino que

The death sentence raises a complex social and political issue with regard to the punishment meted out by the state of Pascual’s crimes. The reader surmises from the memoirs that he is not condemned to death for either the murder of El Estirao or of his mother (Santoro 84)

Analizando la figura de Pascual nos encontramos ante un sociópata que es fruto determinista de unas condiciones familiares sórdidas. Si su sed de sangre no diferencia en su escalada de crímenes a animales (una perra, una mula) de personas, es importante resaltar el cambio de útil para llevar a cabo sus venganzas, de la hoja del cuchillo a la escopeta, arma mucho más sonora y moderna, y que en lo gráfico se asocia con la dispersión de la herida que produce. Por ende, si con el cuchillo se necesita de varias hendiduras para dar muerte a la víctima, un disparo certero causa una muerte rápida, como veremos más adelante, el uso de este instrumento tendrá su importancia en los otros dos textos que analizo.

En los dos textos, Pascual se ve tentado a cambiar de vida, pero algunos hechos fortuitos como la falta de recursos económicos para emigrar a América, o la reducción de la pena tras agredir a un paisano en un bar se lo impiden , lo que alimenta su ya de por sí trastornada percepción de la realidad. No puede escapar a tal espiral, como tampoco debe ser considerado como el victimario exclusivo en la historia. Las palizas entre sus padres de las que es testigo, el vejatorio trato hacia su hermano Mario, El Estirao, y su oficio de proxeneta, o el ajusticiamiento por garrote vil, y su inquietante plano congelado por veinte segundos, son algunas de las escenas más crudas a las que somos expuestos y en las que Pascual no se muestra como verdugo.

Estos episodios toman protagonismo en la película de Franco en función de que angustian al espectador con su aspereza, lo que hace de aquella un collage de crudas representaciones sin profundidad psicológica, provocado por la urgencia del momento. Esta es la razón que invita a considerar la única muerte válida la causada a Don Jesús, puesto que es la que lleva la muerte a su vez a Pascual Duarte. Este final diferencia la novela de la película, pero sirve para ilustrar la concomitancia de ideología y violencia en la última, como apunta Jaime:

[Ricardo Franco] se preocupó menos de plasmar las técnicas narrativas innovadoras o las vibraciones existencialistas de la novela que de mostrar un panorama sociopolítico [con los pormenores de la miseria moral] que sirviese para meditar; la insistencia final en el espantoso suplicio del garrote—que distinguía a España del resto del mundo—dejaba ver con fuerza la esperanza de los nuevos tiempos. (134)

Tal y como se confirmará en El 7° día, se realiza a partir de 1975 una mayor democratización de la violencia y sus consecuencias.[10] No existe un detonador aislado que colme los odios o las identificaciones de una ideología o de una sociedad, sino que habrá una mayor amplitud de responsabilidades que se materializarán en la ruptura de un tabú social, la muerte de un miembro del viejo orden, como el Señorito Iván, o los enfrentamientos entre microestructuras familiares y de la comunidad (el exceso generalizado, múltiple y horizontal de la violencia, tanto en Pascual Duarte como en El 7° día). En 1975 se intenta asesinar al elemento opresor aislado, Francisco Franco, usando un Pascual aglutinador de la sociedad amordazada. Con el tirano enterrado, en 2004 el arma ejecutora vuelve su punto de mira hacia sí misma, —hacia y entre la población española.

Los santos inocentes. Justicia y ajusticiamiento.

Post-Franco cinema demonstrates a contradictory relationship encompassing both rupture and continuity with the past. Literary adaptations, particularly during the transition and the early days of democracy were concerned with the recuperation of authors who had been neglected and marginalized by Francoism […] or writers whose works offered critical visions of Francoism, as in the case of Cela or Delibes.

—Barry Jordan y Rikki Morgan-Tamosunas. Contemporary Spanish Cinema

Más cercana a los acontecimientos narrados en la novela (1962) y bajo un nuevo gobierno democrático, la película de Mario Camus se estrena tres años después de la publicación del libro,[11] el cual se adhiere a una fórmula narratológica que enfatiza el retrato de los destinos de las clases subordinadas, haciendo hincapié en historias ordinarias ocurridas tras la Guerra Civil (Triana-Toribio 118). El uso de la violencia, no obstante, va a ser mucho más sutil y con menos énfasis en escenas sangrientas que en Pascual Duarte, denotando un cierto lirismo en el tratamiento del texto y una construcción ideológica que obedece al proceso creativo de la novela.

El uso de la técnica cinematográfica donde se presentan los personajes como episodios dentro de la película, en lugar de por libros como en la novela, dota al texto de una polifonía de la que carece el texto novelado, repartiendo el protagonismo entre víctimas y victimarios. Frente a las comedias campestres al estilo de Marisol en la década del 50 y del 60 que daban una imagen de perpetuo remanso, Los santos inocentes “seems to confront its audience with the reality of the 1960s: desarrollismo was an extremely uneven phenomenon and the comedies of middle-class contentment and class advance were in this sense a distortion of conditions in Spain” (Triana-Toribio 124).

El advenimiento del PSOE siete años después de la muerte de Franco, conllevó un esfuerzo por dotar de calidad a la filmografía española, y a tal efecto se encomendó a la renombrada directora de cine Pilar Miró que elaborase una serie de directrices y patrones que tratasen de acercar al país a niveles ideológicos de normalización democrática. Como señala Triana-Toribio, “Los santos inocentes fulfills perfectly the requirements of the ley Miró. It is a celebration of a kind of Spanish cultural heritage, that which debunks or deflates Francoist myths of achievement” (123). La crítica al sistema feudal imperante en ciertas regiones del país que vivían de espaldas al progreso o al desarrollismo que según el régimen franquista reinaba en España, fue una de las tareas más inmediatas para el nuevo ejecutivo. Es en este caso donde se ejemplifican más diametralmente las diferencias entre ricos y pobres, antiguo orden y posibilidad de cambio. Con la autorización de Delibes se realizaron cambios para adaptar la novela a los tiempos de liberalización que la película quería constatar.

El acopio de la violencia en los textos se corporeiza a nivel metafórico y a nivel literal. La castración de las posibilidades de progreso al mantener a la familia de Paco el Bajo en un perpetuo estado de abuso y manipulación, no proporcionar escolaridad a sus vástagos, y, la dureza de las imágenes y el lenguaje (la animalización y humillación omnipresente, las palabras malsonantes, reducto exclusivo de la clase dominante, o los gritos de la Niña Chica) y el atavismo musical (la inquietante y arcaica música de Antón García Abril) pertenecen al primer nivel. Cuando se muestra una violencia física (los golpes de Don Pedro a Azarías por robar granos de maíz, la muerte de Señorito Iván) no se explaya tanto Camus como en el primer nivel de representación. Por tanto, subversivamente se contesta a la ideología inmediatamente precedente (fascista, de culto a la violencia, truculenta en sus torturas y sometimiento) filmando el estoicismo de la clase trabajadora. Como veremos, el instrumento de ajusticiamiento (humano y criminal) no será aleatorio (al tratarse de un disminuido psíquico).

Es interesante analizar cómo se establece la jerarquización de la violencia dentro de los textos. Atendiendo al esquema de Huici, (138)

Microcosmos

MicrocosmosCortijo[12]Paco y los suyosMarquesa y amigosSeñorito Iván MacrocosmosEspañaPueblo españolÉlite
gobernante (nación española tradicionalista)
Franco

Siguiendo el hilo ideológico dentro de esas esferas comunitarias, se polarizan moralidades y éticas que no hacen sino afirmar el valor propagandístico de Los santos inocentes. Todos los vicios, y por consiguiente los actos violentos, los disfrutan en exclusividad aquellos que por su condición social pueden optar por decidir su propio destino, su estatus validado por su herencia pecuniaria-aristocrática, y todas las virtudes de piedad, compasión, entereza y nobleza, caen sobre los desamparados. Cuando se nos descubren las intimidades de ambas comunidades, observamos que, por ejemplo, el Señorito Iván sólo mata por el placer de matar, Don Pedro es un cornudo, su mujer Pura una soberbia y que Miriam es la única que parece acercarse a albergar sentimientos humanitarios y sensibles aunque materialmente no haga nada por “salvar al pobre”. Aún cuando el entorno de Paco el Bajo y Régula, semejante al de Pascual Duarte, invita a llegar a una situación de tensión insoportable, vemos belleza en el cariño que se tienen unos a otros, como por ejemplo, Azarías acunando a la Niña Chica, la maternal regañina de Régula a Quirce, y la obediencia de Paco el Bajo con su amo.

La ruptura del tabú social jerárquico resume lo anteriormente analizado y tiene dos momentos claros, la sorprendente insolencia de Quirce al no aceptar la propina del Señorito Iván y la muerte de éste a manos de Azarías. La primera es un vehículo metafórico para preparar la muerte del Señorito Iván, espécimen monstruoso que no puede ni debe quedar impune ante sus abusos continuos e indiscriminados. Al no entender por medio del rechazo (la negación de Quirce) o del diálogo (las súplicas del lesionado Paco el Bajo), y luego de transgredir la armonía natural con sus ansias de matar que no excluyen a la Milana, recibe su perentorio castigo por la soga de Azarías. En estos momentos de enfrentamiento abierto con el Señorito Iván (culminado en su mortal castigo) es cuando se ofrece la mayor carga ideológica de los textos.

El papel magistralmente interpretado por Paco Rabal es fundamental para apuntalar el análisis de violencia ideológica. Siendo el protagonista primordial de la novela, narrada en primera persona —con excepciones de extractos en los cuales la voz autorial toma parte—, es el encargado de cerrarla. En la película, no obstante, se elonga esta tesitura, con el añadido de varios puntos de vista y sobre todo, el uso de la cámara para plasmar las diferentes miradas, con el énfasis de Paco el Bajo y el propio Azarías. Miguel Delibes encomió la actuación de Alfredo Landa (un actor hasta entonces identificado con un estilo de cine caricaturesco y lleno de chascarrillos) en los siguientes términos: “La interpretación de Paco el Bajo es realmente una maravilla. La expresión de los ojos de Landa es todo un poema. Lo dice todo con los ojos” (Caparrós 264). Son muchas las partes del largometraje en los cuales la cámara invita al espectador a recorrer esos agrestes páramos de desolación en los cuales hay una carencia violenta de diálogo y en los que la música o el viento son los únicos sonidos que se perciben.

Pero curiosamente, y siguiendo con el aspecto visual de la película de Camus, el asesinato del Señorito Iván muestra a un Azarías de espaldas, no queriendo enmarcar la cara del asesino (y por tanto dotándole de un instantáneo anonimato) al ver que su mascota ha sido derribada por las balas del fusil. El propio director señala que “Si cuando le matan el pájaro yo tomo a Azarías de completamente de frente y le dejo que desahogue toda su pena ahí mismo, la película se me pincharía como un globo. Por eso le tomo siempre de espaldas” (Cobos no.pág.).

Azarías, ser inocente y silvestre, infantil y de buen corazón, representa las intenciones de la cinematografía de una época dedicada a ajusticiar un pasado tenebroso con distintas armas; en lugar de la escopeta (símbolo en este caso de la violencia franquista) se utiliza una cuerda (instrumento más fabril y que facilita la exposición del cadáver colgado del roble a modo de escarmiento), pero sobre todo por medio de un inocente, un disminuido psíquico al que en definitiva no se debe culpar por sus actos, pues no es consciente de lo que hace.[13]

Los santos inocentes (al igual que las otras dos producciones) no da tregua al drama para introducir otros elementos cinematográficos (sin duda tan españoles) como por ejemplo el sentido del humor. Como ha apuntalado la crítica, y a modo de conclusión de esta sección, la película “illustrates the left-wing commitment to humorless and sober representation” (Triana-Toribio 130).

El 7° día. “Democratización” de la violencia.

El Semanal.—Rodríguez Ibarra, presidente de la Junta de Extremadura,

lo compara con un «paparazzi que ofrece una imagen

robada, tenebrosa, oscura y lejana». ¿Qué le diría?

Carlos Saura.—Que estoy de acuerdo [ríe]. Totalmente de acuerdo con él.

Me parece una frase genial.

—Entrevista a Carlos Saura, abril de 2004.

La noche del 26 de agosto de 1990 los hermanos Antonio y Emilio Izquierdo, sin mediar palabra y apostados en un callejón sesgan a balazos la vida de nueve personas y dejan heridas al mismo número. El lugar de tales hechos, la pedanía de Puerto Hurraco, es una localidad que apenas supera los 150 habitantes de media al año y enclavada en una apartada región pacense, es un escenario idéntico a las poblaciones colindantes a Pascual Duarte o el cortijo zafrense de Los santos inocentes.

Carlos Saura, uno de los realizadores españoles de más prestigio, ya había narrado utilizando patrones de violencia a quemarropa La caza, Llanto por un bandido, y Dispara. En esta ocasión estimó que para el tratamiento no documental de la masacre, era apropiado adaptar el guión de Ray Loriga. En su aproximación a los hechos reales, el joven escritor (tenía siete años al morir Franco), aún no considerado canónico como Cela o Delibes, optó por una interesante combinación de polifonía y de re-construcción narrativas. Ello constituye un acierto a la hora de enriquecer la autoridad testimonial en acontecimientos que por su gravedad suelen ofrecer generalmente verbalizaciones tendenciosas. Sobre todo, al tener en cuenta lo reducido del espacio físico —una pedanía— y del número poblacional.

Son varias las coincidencias y así mismo las distancias que se pueden inferir en los dos primeros textos y este último. La presencia del arma principal con que se emplea más directamente la violencia sobre el semejante no cambia, pues continúa siendo un fusil o escopeta (recordemos la sustitución del estilete por el rifle en la muerte de “El Estirao” en Pascual Duarte o el motivo de la caza en Los santos inocentes). El campo simbólico de esas armas convida a interpretar un intercambio basado en contrarrestar los utensilios de opresión franquistas, o a dotar a la narración de una urgencia más espectacular. Así, se nos ofrece una especie de ley del talión estilística, Pascual disparando sobre el chulo de su hermana (en lugar de un navajazo) o Azarías y la soga. El asesino usando utensilios ejecutores dignos del poder opresor (un fusil) o símbolos impuestos de la “bondadosa” vida campestre (una cuerda). Mas, en El 7° día se multiplican, por orden cronológico, las vías de representación violenta: incendio y homicidio de la madre de los Izquierdo, apuñalamiento de José, matanza final.

A estas debemos añadir la tensión dentro y fuera de la casa de la familia Izquierdo, como la locura de Luciana y las discusiones con sus hermanos, y los ataques e intercambios de pedradas que ésta sufre por parte del pueblo. Esta inaguantable atmósfera hasta cierto punto corre pareja a la de la familia de los Cabanillas. José, el cabeza de familia que trata sin éxito vender su negocio para emigrar a Madrid o el desamor de Chino e Isabel son dos ejemplos.

Es cierto que los ejecutores de la venganza, los hermanos Antonio y Emilio, están influenciados por su entorno familiar.[14] Pero en los dos textos, realidad y ficción, la situación y sus desencadenantes cobran una profundidad mucho más aguda que en las dos películas anteriormente examinadas. Primariamente, la responsabilidad absoluta que encontramos en Pascual Duarte[15], o la simpatía que emana de las clases oprimidas en Los santos inocentes. Cuando la división entre malos y buenos es más patente, provoca en el receptor un acatamiento o un rechazo que se basa en la representación de un discurso político por medio de actos de violencia. Pascual es un psicópata o un determinista incomprendido, pero su miserable modus vivendi tiene mucho que ver con nuestra identificación y juicio. No cabe duda de que su entorno no está fabricado en origen por unas fuerzas externas oligárquico-franquistas, éstas lo mantienen perpetuamente. En la película de Camus, ya en plena era democrática, aislar malos y buenos es quizá más sencillo. Pero en Saura, encontramos que estos elementos de identificación y plasmación discursiva violenta y política, se esparcen de una forma multilateral, horizontal y más democrática.

La horizontalidad de los nombres es una muestra de esta postura. Tanto en Pascual Duarte como en el segundo caso, existen detalles de nomenclatura que ayudan a aislar los elementos ideológicos. Los editores, señoritos, carceleros, curas y demás personajes del libro y la película, e incluso el dar al protagonista un apellido, funcionan de igual manera en el segundo caso de análisis. Incluso, hay motes, apelativos, artículos determinados que hacen más flagrante la división de las castas: Paco el Bajo, La Sra. Marquesa, la Niña Chica, Don Pedro… Pero en El 7° día se ha respetado el deseo de las víctimas de no hacer un documental, mutando los nombres, pero lo más importante, ignorando apellidos o pseudónimos del clan, Pataspelás y Amadeos. Es más, los nombres buscados como sustitutivos fílmicos son de uso muy frecuente en toda la nación, no sólo en esquinas geográficas pueblerinas: Antonio, Emilio, José, Isabel, Carmen, Raúl… Cuando el típico habitante rural es el foco de risas y ridículos, como el tonto del pueblo, debe ser bautizado, se elige el poco elaborado nombre de “El Tonto” a secas, sin un sufijo de pila que como suele ser habitual precede a los motes.

Mencioné antes la construcción polifónica del guión de la película. Los tres textos coinciden en el uso de la rememoración de los hechos y en la importancia de que el narrador (en El 7° día parte de los más llamativos actos violentos son observados por El Tonto), sobre todo en las muestras de 1984 y 2004 refleja la fragmentación temporal, al dividirse en varias voces y puntos de vista. En el caso de Saura, quien recuerda todo lo sucedido en su exilio barcelonés[16] es Isabel, una de las supervivientes de la masacre e hija de José, miembro de la estirpe Cabanillas. Por la juventud de la protagonista y la crudeza de la matanza en la que sus dos hermanas pequeñas y su padre pierden la vida, se esperaría un discurso de revancha y una neutralización de los enemigos, pero su historia de amor con Chino, la complejidad y el atavismo de los odios, y su propio deseo de escapar de una vida sin futuro, conforman su discurso como mucho más aglutinador que el de Pascual, Azarías u otros personajes secundarios. Al contrario que en 1976 ó 1984, en 2004 un personaje femenino en crecimiento, es el elegido para contar la mayoría de la historia, e insisto, ella es la principal voz, pero no la única, nocon el uso de escenas retrospectivas lo cual acrecentaría un contraste con su mejoría en Barcelona sino con una incisión temporal al comienzo y al final que sirve de marco narrativo. Estos son significativos cambios con respecto a las otras dos manifestaciones cinematográficas.

Considero también como punto a resaltar la división grupal y la democratización de las ejecuciones, así como el castigo de víctimas y victimarios. Entre opresores y explotados es mucho más llevadero ofrecer distancias de cargas ideológicas, algo que es menos sencillo de elaborar cuando las rencillas se nutren entre miembros del mismo estrato social. Pascual asesina a sujetos de igual o menor condición (socio-económica, caso de su madre, o animal, como en el caso de su perra) pero paga resumidamente sus crímenes al asesinar a un terrateniente. Azarías no es conducido al cadalso, sino a un centro psiquiátrico, cuando comete la misma falta (suerte compartida por las hermanas de Puerto Hurraco). La brutalidad que muestran Antonio y Emilio no es merecedora de ambigüedad o relativismo, pero el castigo que reciben no es la pena de muerte. El cambio de penas es fruto de un sistema judicial democrático e independiente en proceso de madurez que alcanza a todos los responsables. No es un sistema todavía saliendo de viejas costumbres, como el ajusticiamiento por garrote vil de Pascual en 1976.

Ideológicamente, los habitantes de la aldea podrían pertenecer a la misma categoría, máxime si en la génesis de la tragedia hubo intentos de mezcla entre las familias por medio de noviazgos. Estas uniones combatirían o ajusticiarían a las fuerzas opresoras, tan claramente aislables en los otros dos casos (Franco y los latifundistas). Pero como muestra la inexistencia de un enemigo a aislar, una vez apretado el primer gatillo, para abatir a los vecinos en las escenas finales, estaríamos ante una suerte de reparto de víctimas que se ajusta al momento histórico del lanzamiento de la producción. En un estado de derecho, al contrario que bajo regímenes dictatoriales, es demasiado demagógico que un solo bando cargue con la culpa de las desgracias de los que conforman la sociedad. Pese a tomar como detonante la seducción de Amadeo Cabanillas y su posterior rechazo de Luciana, la arqueología del odio debe remontarse a unos problemas de pertenencia de tierras. Por otra parte, quemar viva a una anciana no ayuda tampoco a posicionarnos del lado de la familia de José. La verticalidad del asesinato en los dos primeros textos, la depuración de la injusticia frente al orden de arriba, se torna horizontalidad en este caso a través de odios de unos contra otros. Pascual y Azarías sintetizan más clara y democráticamente a la sociedad y al público opuestos a la oligarquía, pero ¿qué ocurre cuando los homicidios surgen del pueblo y contra el pueblo? Una respuesta es el reflejo de una honda y total democratización de los estamentos sociales y de la violencia en la España contemporánea.

La paridad de acciones, la depuración de responsabilidades y la utilización de la violencia sin criterio alguno, a mi modo de entender retratan a El 7° día como un escenario metafórico de la ideología paritaria en la que se transformó España tras la caída del franquismo. Esta idea viene apoyada por el hecho de que los elementos ideológicos de unos y otros no tienden hacia extremos diáfanamente identificables y por consiguiente capaces de ser aislados y repudiados. Es absurdo tratar de neutralizar a los bandos como representantes del PSOE o del PP, pero considero interesante ofrecer un marco de bipolaridad democrática que no está presente en Pascual Duarte o Los santos inocentes, donde la autoridad se testimonia abiertamente. Como ejemplo final, la presencia de la Guardia Civil, en vez de utilizarse como en el pasado, servil protectora de valores oligárquicos, procede con su deber. Vigila al delincuente común —Chino—, o deja su vida en la protección al ciudadano. Cuente esto como otro detalle a considerar que mientras que la jerarquía en los dos primeros textos es vertical, en este caso es horizontal.

Reflexiones finales

I doubt whether Spanish cinema is really more violent than the cinema of other nations […]. Rather, I would argue it is the modes of violent representation and their cultural implications, determinants, and reception are different.

—Marsha Kinder. “Sacrifice and Massacre on the Cultural Specificity of Violence.”

Con mi acercamiento a las tres películas me gustaría haber podido ofrecer otra implicación adicional a las señaladas por Kinder, la político-social. El texto cinematográfico, por su habilidad para llegar a regiones culturales y físicas donde otras manifestaciones no encuentran salida, difícilmente compite con el literario en las mismas bases estéticas. La combinación de música y sonido, la impresión de las imágenes, y la actuación de los actores ayuda a digerir la narración sobre la que está basada una película. Esto, de igual manera, se puede considerar como una licencia de adaptación que pocas veces el realizador ignora y que utiliza para desarrollar aspectos no profundizados en la novela o para enriquecer la misma con un lenguaje que permita una recepción más amplia.

De cualquier forma, el éxito y el impacto de los tres textos dentro o fuera de España ha sido innegable, y es vital reconocer el papel de los intérpretes en cada uno de ellos. Si Pascual Duarte le permitió a José Luis Gómez ser galardonado con la Palma de Oro del prestigioso Festival de Cannes a la mejor interpretación masculina, Los santos inocentes, con un elenco estelar, hizo que tanto Alfredo Landa (un actor muy popular bajo el franquismo) como Francisco Rabal, miembro reconocido del Partido Comunista, lo recibieran ex aequo. Otro actor de probada calidad, Juan Diego, acompaña a Gómez en un reparto que incluye a Victoria Abril, Carlos Hipólito, José García, Eulalia Ramón y Yohana Cobo. Además de los reconocimientos en Cannes, entre los premios obtenidos por las tres, hay que destacar el de Mejor Director para Carlos Saura (Festival Internacional de Cine de Montreal) y el de Mejor Película para Los santos inocentes (Círculo de Escritores Cinematográficos). En la recaudación de taquilla, también se deben considerar como éxito de ventas. De acuerdo a la información de la base de datos del Ministerio de Cultura español en sumas totales, Pascual Duarte recaudó 54.569.861 pesetas, Los santos inocentes 523.944.153 y El 7° día, 85.293.249, sumas nada despreciables para productos que generalmente no necesitan de un presupuesto exagerado si no es para pagar los altos honorarios que exigen algunas estrellas del reparto. Como dato económico, la película de Saura tuvo un 20% de financiación francesa.

Al iniciar mi estudio, hice notar la distancia temporal, nunca espacial, entre los tres textos. De una película recién salida de la dictadura, pasamos a otra en pleno despliegue socialista para terminar con una que se estrena treinta años después del entierro de Franco. Durante este periodo de tiempo, ha fluctuado el índice de películas basadas en obras literarias (Jaime 26). Mientras que en 1975, sólo el 8.18% de las producciones están basadas en un texto narrativo, en 1984 se llega al 16%, casi el doble, cifra que curiosamente baja en nuestros días. Todas estas cifras nos permiten ser cotejadas con los momentos históricos a los que pertenecen, pues como expliqué en el apartado del texto Delibes-Camus, durante el gobierno democrático socialista, se intentó rescatar textos comprometidos en aras de sanear la cinematografía española con su adaptación al cine. Esos vehículos literarios están en recesión en el momento actual, inclinándose los directores a trasladar al celuloide sucesos verídicos o episodios que de por sí entroncan más con la alarma social (terrorismo, violencia de género, desempleo, etc.). En palabras de Saura, la violencia más abyecta no es algo exclusivo de lo español, es algo meramente humano

[El 7° día es] Una historia humana, posible, sobre una tragedia que ocurrió en España y que mucha gente conoce pero que se puede extrapolar a cualquier otro momento o lugar. La burrería no tiene fin. Y no sólo la de este país, sino la del mundo entero. Desgraciadamente, esto sólo será un ejemplo de algo que puede pasar en cualquier momento. (Entrevista en El Semanal)

De cualquier manera, es curioso que una región que simboliza el atraso del país albergue y sintetice en tres momentos cronológicos de la historia contemporánea luchas físicas e ideológicas. Sin entrar en consideraciones regionalistas,[17] considero que el cambio y la madurez de España en estas tres décadas está en completa sintonía con los sucesos de los tres ejemplos escrutados.
Notas

1. La transición a una democracia de pleno derecho—al morir el dictador Francisco Franco en 1975—tras un régimen político monolítico de casi cuarenta años (comenzado con la victoria del bando nacio